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Uno de los arcos donde se gestaba la sentencia

Los pelotazos que no le pegamos a Roni

7 min readOct 30, 2026

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Hay cosas que hacíamos en el colegio que hoy serían difíciles de explicar frente a un tribunal de La Haya. No porque fuéramos particularmente crueles, sino porque un grupo de chicos había llegado a la conclusión de que pegarle pelotazos en el culo a un compañero era una excelente manera de pasar el recreo.

En mi colegio jugábamos al 25.

Para los que no tuvieron el privilegio de conocer semejante disciplina del fútbol, era un juego en el que, básicamente, nadie quería ser arquero. La pelota iba y venía, solo podías dar un toque hasta que la tocara otro y había que coordinarse para hacer los goles. El desgraciado que estuviera en el arco cuando la cuenta llegaba a veinticinco perdía.

Y perder tenía consecuencias. Había que ponerse de espaldas al resto, mirando a la red, con las manos en la nuca, mientras tus compañeros te apuntaban con una pelota. El objetivo era bastante sencillo: darte un pelotazo en la espalda o, preferentemente, en el culo.

Todos sabíamos que podía tocarnos. Y cuando te tocaba, te la bancabas. Por supuesto que alguno pateaba más fuerte de lo necesario. Siempre había un energúmeno que, por algún motivo, se tomaba la prenda como si estuviera ejecutando el penal decisivo de una final del mundo.

Pero era parte del juego.

También estaba el puente chino, que era una versión bastante más asquerosa del mismo concepto.

Nuestro colegio tenía una particularidad arquitectónica. Justo al lado de la cancha de fútbol había una escalera que bajaba hacia otro nivel. Desde la cancha podías asomarte por las barandas y mirar hacia abajo. Parecido a las escaleras del Subte.

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Entrada a la estacion Dorrego de la Linea “B” del Subte de Buenos Aires

No sé quién diseñó esa escalera, pero evidentemente no había contemplado la creatividad de un grupo de adolescentes con tiempo libre. Para nosotros era el Coliseo romano.

Nos parábamos en dos filas enfrentadas, una de cada lado de la baranda, mientras el condenado tenía que bajar y volver a subir las escaleras.

¿Y qué hacíamos los demás? Le escupíamos desde arriba.

De fondo suena Lluvia, de Eddie Santiago. Una hermosa salsa romántica que acompaña perfectamente la imagen de un pobre infeliz subiendo una escalera mientras le llueve saliva desde el cielo.

Si Tarantino hubiera ido a nuestro colegio, probablemente habría filmado esa escena en cámara lenta, con la canción de fondo y un primer plano de un escupitajo cayendo desde el cielo, con tintes transparentes y verdes, aterrizando en el centro de la chomba estudiantil como cuando Bruce Willis mata a Travolta.

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Escena de Pulp Fiction donde el personaje “Butch” (Bruce Willis) mata a “Vincent Vega” (John Travolta)

Nosotros lo hacíamos en diez minutos, antes de que tocara el timbre. Después volvíamos a clase como si nada.

La verdad es que no recuerdo que nadie se planteara demasiado la moralidad de estos juegos. Eran las reglas. Si perdías, pagabas. Y si no querías pagar, tratabas de no perder.

Aunque, como suele pasar con las leyes, había excepciones.

Entre nosotros estaba Roni.

Roni era un pibe buenazo. Blanquito, tierno, tranquilo. De esos que te caen bien sin hacer demasiado esfuerzo. Era imposible no quererlo.

Y lo queríamos tanto que, cuando perdía al 25, muchas veces no le pegábamos.

Con cualquier otro la cosa era distinta. Podías ser nuestro mejor amigo, podías habernos prestado la tarea, podías haber compartido las últimas papas fritas de tu paquete. Si perdías, te tocaba.

Pero Roni era Roni. A Roni lo cuidábamos.

No recuerdo que nadie hubiera propuesto formalmente esta excepción. No hubo votación, ni asamblea, ni un decreto firmado por la dirección del colegio. Simplemente se había instalado la idea de que a Roni no había que pegarle.

Hasta que un día apareció Kesel.

Tomi Kesel es un amigo muy cercano desde hace muchísimos años. El Gordo es un tipo bueno, pero no de esos que necesitan andar demostrando lo buenos que son. Ya de chico tenía esa capacidad de mirar una situación que para todos era completamente normal y encontrarle algo raro.

No recuerdo exactamente cómo lo dijo, así que no le voy a meter IVA a sus palabras.

La cuestión es que preguntó por qué a Roni no le pegábamos.

Porque lo queríamos, obviamente.

¿Y a los demás no?

Si Roni jugaba con nosotros, era amigo nuestro y aceptaba las mismas reglas, ¿por qué lo tratábamos diferente? ¿Quién había decidido que no podía bancarse un pelotazo?

La propuesta de Kesel, después de este profundo análisis sobre la dignidad humana, era que había que empezar a cagarlo a pelotazos como a cualquier otro.

Roni se rio.

Se cagó de risa, el hijo de puta.

Y desde entonces, cuando perdía, recibía sus pelotazos como todos. Seguimos jugando y nadie volvió a hablar del asunto.

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Por lo menos durante unos catorce años.

Puta madre como pasan los años

Hace poco, viendo por tercera vez The Office, me reencontré con Michael Scott, ese tipo que necesita desesperadamente que lo quieran. Una cosa llevó a la otra y terminé pensando en la vergüenza, las inseguridades y esa manía que tenemos de intentar adivinar lo que sienten los demás.

Ahí me acordé de Roni.

A veces, por querer cuidar a alguien, terminamos tratándolo como si fuera más frágil de lo que realmente es.

Ponele que tenés un amigo que está atravesando una situación complicada. Querés preguntarle cómo anda, pero pensás que quizás lo vas a incomodar. Entonces no le preguntás. Y ojo, capaz hacés bien. Hay gente que necesita hablar y otra que prefiere procesar las cosas sola. No todos tenemos ganas de andar contando nuestras miserias cada vez que alguien nos pregunta cómo estamos.

Pero me llama la atención lo fácil que es empezar a tomar decisiones por los demás sin siquiera consultarlos.

Nosotros, por ejemplo, habíamos decidido que Roni necesitaba protección. Y nadie se lo había preguntado.

Con la vergüenza pasa algo parecido. Es una cosa bastante hija de puta, porque uno puede sentir vergüenza por algo y encima sentir vergüenza de que los demás se enteren de que eso le da vergüenza.

Supongamos que un amigo está pasando un momento difícil. Vos sospechás que hablar del tema lo puede hacer sentir incómodo, así que lo evitás. Él nota que no lo mencionás y quizás interpreta que también es algo incómodo para vos.

Al final, dos personas que se quieren pueden terminar evitando una conversación que ninguno de los dos sabe si realmente sería incómoda.

Y lo peor es que quizás no pasa absolutamente nada si hablan.

Nos hacemos toda una película sobre lo que siente el otro, actuamos en consecuencia y después resulta que el tipo ni se había enterado.

Igual tampoco creo que la solución sea ir por la vida obligando a todo el mundo a enfrentar sus inseguridades.

Imaginate que estás comiendo un asado, contás que te separaste y aparece un iluminado a decirte que tenés que aprender a enfrentar tu vulnerabilidad.

Flaco, pasame la criolla, dale.

Hay momentos para hablar y momentos para cerrar el orto. A veces no preguntar también es una forma de acompañar.

Pero una cosa es respetar que alguien no quiera hablar y otra es asumir que no puede hacerlo.

Y creo que eso es lo que Kesel había visto en Roni, aunque dudo mucho que en aquel momento estuviera pensando en psicología.

En Rocky hay algo que siempre me gustó, más allá de las piñas y de Stallone todo venoso corriendo por Filadelfia.

Rocky sabe que probablemente Apollo Creed lo cague a trompadas. Pero quiere subirse al ring igual. Quiere llegar hasta el final, aunque termine hecho mierda.

Rocky termina matado en la primera

Si alguien le hubiera impedido pelear para protegerlo, probablemente le habría quitado algo mucho más importante que un par de dientes.

Obviamente, recibir pelotazos en el culo no es comparable con pelear contra Apollo Creed o Ivan Drago. Aunque dependiendo de quién pateara, la diferencia tampoco era tan grande.

Me gusta pensar que Kesel entendió algo parecido, pero sin la música de entrenamiento ni las escaleras de Filadelfia.

Roni era nuestro amigo. Jugaba al 25, se divertía con nosotros y sabía perfectamente de qué se trataba la prenda. ¿Por qué íbamos a decidir nosotros que no podía recibirla?

Tampoco sé qué pensaba Roni cuando lo exceptuábamos. Nunca hablamos de eso.

Capaz estaba agradecido. Capaz le daba exactamente lo mismo. Capaz ni siquiera había advertido que lo tratábamos diferente.

Pasaron catorce años y no voy a inventarle una crisis de identidad al pobre Roni para que me cierre mejor esta historia.

Lo que recuerdo es que se rio y seguimos jugando al fútbol.

Me causa gracia que un recuerdo tan pelotudo haya vuelto tantos años después.

En su momento, ninguno de nosotros habrá pensado demasiado en lo que había dicho Kesel. Mucho menos yo. Estábamos ocupados intentando meter veinticinco goles y evitar que nos reventaran el culo a pelotazos.

Pero ahora, cuando me acuerdo, me gusta reconocerle al Gordo esa capacidad que ya tenía de pibe. Siempre fue un buen tipo, y todavía hoy encuentro en esas pequeñas cosas algunas de las razones por las que lo quiero tanto.

Los amigos también te enseñan cosas. A veces con una charla, a veces con un consejo y otras veces diciendo algo que parece una boludez y que recién muchos años después terminás entendiendo.

Y lo lindo es que probablemente Kesel ni se acuerde de aquella tarde como yo. Capaz si le pregunto me dice que quería pegarle a Roni y punto. Sería bastante gracioso, y tampoco podría reprochárselo.

Yo, por mi parte, me quedé con esa idea de que a veces, cuando queremos mucho a alguien, nos adelantamos a cuidarlo de cosas que quizás nunca necesitó que le evitáramos.

Y todavía me causa gracia que, para llegar a esa conclusión, mi amigo tuviera que proponer que le pegáramos un pelotazo en el culo a Roni.

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Andy Glustman
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Written by Andy Glustman

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Programador de día, curioso el resto del tiempo. Escribo sobre recuerdos, nostalgia, ideas, tecnología y todas esas cosas que parecían irrelevantes