Homero
Asomó la nariz, miró de un lado a otro, paró las orejas, olfateó el aire. Nada. Nadie.
Debieron haberlo dejado solo cuando estaba durmiendo. Generalmente lo saludaban al irse o al volver, si no se adelantaba él cuando le interesaba, que no era siempre.
Sus preferidos eran el pequeño, a quien le perdonaba las tiradas de la cola o los bigotes, más que nada porque sabía lo genuino de sus abrazos, esos apretujones bruscos que lo dejaban descolocado pero contento, y, principalmente, la mamá, mamita, o mami, como escuchaba que la llamaban, a quien idolatraba.
Él la llamaba mami cuando le maullaba, al menos era su intención, y a él le sonaba tal cual. La seguía a todas partes con la colita parada, se frotaba contra ella, le ronroneaba, le parpadeaba lento. En resumen, la amaba.
Mami lo amaba a su vez y él lo sabía. Sus caricias eran deliciosas, tanto o más que las golosinas con que lo premiaba cuando se dejaba cepillar el pelaje o lo traía de vuelta de la veterinaria, le devolvía el parpadeo lento desde que lo había aprendido viendo un video, y era puntual con sus comidas.
Es verdad que de “Home” y “Homerito” dichos con esa voz aguda y cariñosa que tanto disfrutaba, a veces pasaba a un seco “Homero”, dicho en un tono más grave, que indicaba que era hora de desaparecer de su vista por un rato, pero eso no sucedía a menudo: una, porque era un gato bueno por naturaleza, y otra, porque era muy ladino el minino y sus bandideadas pasaban inadvertidas las más de las veces, que mayormente se limitaban a cruzar límites menores, que no era de romper cosas ni ocasionar grandes desastres.
Los demás integrantes de la familia eran tolerados más que queridos.
Estaba el más distante con él, al que apreciaba sólo porque veía el amor que le tenía a mami, se le notaba en su actitud y modo de hablarle, pero, aunque se ponía un poco celoso cuando se lo demostraba abiertamente, lo aceptaba; sabía de jerarquías y pertenencias. Su relación con papá, como escuchaba que lo llamaban, se traducía en una cordial convivencia. A veces papá hasta lo acariciaba distraídamente cuando a Homero le atacaban los celos y se acomodaba en el sofá entre él y mami.
Luego estaban el chico y la chica mayores, con quienes mantenía vínculos puntuales. Se les acercaba cuando necesitaba algo y mami no estaba en casa, y ellos le respondían con distintos grados de satisfacción: no eran indispensables, pero no molestaban, y en ocasiones hasta resultaban útiles.
Y no nos olvidemos de Chusco, de quien se creía hermano mayor, suponiendo que entendiera el concepto. Tendría un año cuando su hermanito llegó a la casa, y se enamoró de él de inmediato, lo tomó a su cuidado, le enseñó todas las mañas que conocía, y se encargó de su bienestar. Chusco, una mínima bolita de pelos marrón al lado de ese gatote blanco y negro, se dejó llevar y retribuyó el cariño. Se volvieron inseparables, y si bien al principio el pichicho fue el bebito, ahora, cinco años después, el cachorro se había convertido en terrible perro patón, desgarbado, torpe e inocentón, que, de un manazo, jugando, sin querer, a veces le daba un buen revolcón a su compañero de juegos.
Homero era muy perrero. Desde chiquito siempre estuvo dispuesto a frotar hocicos con cualquier perro que se le cruzara. Tenía amigos en el edificio y en la cuadra, y socializaba sin problemas con los perros que eventualmente hubiera en la veterinaria cuando lo llevaban. Por eso, cuando Chusco llegó a su vida, se le cumplió un sueño que no sabía tenía.
Ahora, sus congéneres eran otro tema: no los soportaba. Desde hacía seis años llevaba una enemistad quieta y desafiante con su vecina, Coco.
Lo primero que vio Homero cuando salió al patio trasero de su nueva casa fue una gata barcina de formas opulentas que lo miraba provocadoramente desde lo alto de la medianera. Recién llegado, de pocos meses de edad, devolvió la mirada, desconcertado, pero con la convicción de que ese sería el enemigo hasta el fin de sus días. Fue pasando el tiempo y Coco dominaba la situación desde su lugar de privilegio y dominación, que afortunadamente no pasó a mayores porque había una red colocada sobre el muro, pero el joven gato crecía y las tornas empezaban a cambiar. Lo primero que hacía Homero cada mañana era salir a encontrarse a la indeseable, pavoneándose en las alturas o echada quieta, esperando a su vez verlo aparecer para dirigirle su miradita de superioridad. Hasta que un día, ya crecido y fuerte, y envalentonado por el encono, Homero logró esa proeza que sólo los gatos pueden lograr: le bastó un solo intento para escalar la recta pared y ponerse a la par de Coco, que huyó despavorida ante tan inesperado embate. Borracho de victoria, Homero no cabía en sí de gozo, y celebró su triunfo eligiendo ese lugar para dormir su siesta mañanera, siempre que el tiempo lo permitiera, desde donde humillaba cada día a su vecina con la misma mirada fría que ella le dirigiera hasta ese entonces.
Era en este sitio, preciado botín de guerra, donde se encontraba Homero cuando se despertó aquella mañana y entró a la casa para descubrir que se encontraba solo.
Lo más extraño era la ausencia de Chusco.
No había nada más divertido que encontrarse los dos solos en esa casa tan grande, teniendo todo el territorio a su disposición. Poder husmear en cualquier rincón, subirse a la mesada de la cocina, amasar la ropa sucia en el lavadero: eran pequeños placeres prohibidos de los que gozaba en esos momentos de libertad sin humanos. Chusco tenía su paseo diario, el culmen de su rutina, pero igual disfrutaba los ratos a solas con Homero. Se sentían dos patoteros de barrio recorriendo sus dominios, pechándose, jugando carreras, tirando cada uno del extremo de algún trapo de piso, o revolcándose en la tierra del fondo. Y cuando se cansaban, se ponían a dormir abrazaditos, felices de tanta fechoría compartida.
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Por eso había empezado a buscarlo de habitación en habitación, y oliendo por debajo de las puertas cerradas, pero nada, no estaba en casa Chusco.
Al rato se distrajo con el piar de unos pájaros en el fondo, tuvo sed y tomó agua, se aburrió, y se acostó a dormir a la sombra.
Poco a poco empezaron a llegar. Primero los dos mayores, que volvían del liceo, y luego mami con el pequeño. Mami lo saludó, pero se dio cuenta de que algo la preocupaba, podía leerle la cara. Un rato después llegó papá y se pusieron a conversar, los notó raros, hablaban bajito, y papá olía a ese sitio adonde los llevaban a veces a él y a Chusco, ese sitio que olía a muchos animales distintos, donde estaba esa mujer que le daba golosinas después de que le cortaba las uñas. No le gustaba mucho ese sitio, pero las golosinas estaban buenas, aunque a veces lo tocaban demasiado para su gusto y alguna vez hasta había llegado a sentir algún pinchazo que no entendía, pero las golosinas estaban buenas.
Chusco no volvió con ninguno de ellos.
Homero comprendía casi todo lo que se le decía, quizás no tanto el significado de las palabras en sí sino qué se esperaba de él al oírlas o con qué intención se las decían. No entendía conversaciones, pero se daba cuenta de las inflexiones, los tonos, el énfasis, y si quien hablaba expresaba tristeza, enojo o alegría. Por eso, afinó su oído y su percepción gatuna, mirándolos con atención, intentando interpretar de qué estaban hablando.
Notó en papá la misma preocupación que detectó en mami al llegar de la calle, vio tristeza en sus facciones, les temblaba la voz, y, gran señal de alarma, oyó que nombraban a Chusco. Todo esto le provocó un estrés repentino que lo hizo maullarles. Mami, sorprendida y enternecida, lo levantó y abrazó, consolándolo, y medio llorosa, algo le dijo, mencionando a Chusco, en un tono tranquilizador.
Esa noche, Homero la pasó inquieto, solo, porque su compañero no estuvo ahí para dormir con él.
El día siguiente lo sobrellevó sin Chusco como pudo, viendo a la familia seguir con su rutina, volviendo todos a casa a diferentes horas como siempre. Ni siquiera la cuota diaria de desprecio a Coco lo reconfortó, se sintió como perdido toda la tarde, deambulando por cuartos vacíos, nada lo entretenía ni le interesaba demasiado.
El último en llegar fue, como cada día, papá. Venía con un bulto en brazos, que olía, como él, al lugar ese de los animales. Todos fueron a su encuentro y lo recibieron con emociones diferentes: asombro, alivio, contento, pena. Mami lo llamó para que se acercara y, para su sorpresa, envuelto en una manta, papá depositó a Chusco en la cucha que compartían.
Desconcertado, tanto por el aspecto como por el olor del chucho, Homero retrocedió y no quiso saber nada con él. Hecho un rosco, adormecido, Chusco parecía un reflejo de lo que era: el pelaje pegoteado, un ojo que medio que le bailaba cuando lo abría, y, el gran cambio, le faltaba una pata delantera.
Lo que Homero nunca supo fue que esa mañana en que despertó y estaba solo en casa, Chusco se había escapado a la calle en un descuido al salir papá a trabajar y lo había topado un coche frente a la casa, que papá lo había llevado enseguida a la veterinaria, y lo había dejado allí todo el día y toda la noche para que se recuperara de ese accidente con suerte. Sí, hubo que amputarle una patita; sí, le quedó un ojito bailarín; pero con curaciones, medicamentos y mimos pronto saldría adelante; no había sido nada grave.
Esa noche, Homero casi no comió, y durmió en otro de sus sitios favoritos, en lo alto de un modular, atento a los quejiditos de Chusco y observando su sueño inquieto.
Al otro día, mami se quedó en casa a cuidar al paciente, bañarlo, cambiarle las vendas, y alimentarlo con una cucharita, ya que entre mimoso y todavía sedado, el pobre no coordinaba bien. A pesar de ello, se puso a olfatear y buscar con el ojito bueno a su compinche, quien, poco a poco, se le fue acercando y reconoció el olor a perro limpio que siempre tenía después de un baño.
Pasaron los días y Chusco se fue fortaleciendo y acostumbrando a su nueva realidad, ayudado por Homero, quien asumió la tarea de sacarlo adelante.
Hasta que llegó una mañana en que Homero se despertó sobresaltado de su cotidiana siesta en lo alto de la medianera. Levantó la mirada; miró hacia el patio de Coco, la muy cobarde no estaba a la vista; miró hacia su patio, pero no había nada inusual.
Bajó de un salto, y entró a la casa despacito, agazapado, sigiloso, con las orejas hacia atrás, arrugando al máximo su nariz.
Al dar vuelta una esquina, una gran pata peluda lo sorprendió, haciéndolo rodar por el suelo. Chusco no esperó a que reaccionara y salió como cohete para el fondo, lo más rápido que le permitían sus tres patas, iniciando otro día de corridas, escondidas, y juegos fraternales varios en la vastedad de la casa vacía.
Nada había cambiado, y cuando los chicos mayores volvieran de clase los encontrarían a los dos, como siempre, durmiendo a pata suelta, sencillamente contentos de estar juntos.
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