MGS2: Qué extraña concidencIA
“La vida no se trata solo de transmitir tus genes. Podemos dejar mucho más que ADN”.
Debió ser a mediados del 2009 cuando un CD con el nombre Metal Gear Solid 2: Sons of Liberty llegó a mis manos. Pirata, claro, cortesía de un amigo que me vendía juegos de primera calidad en una feria de Puente Alto.
En ese entonces tenía once años y todo lo que se relacionara con el colegio no me importaba. No me iba mal, tampoco era un estudiante sobresaliente, pero en esa época solo pensaba en que llegara el fin de semana para jugar videojuegos (hasta hoy, en realidad).
Hideo Kojima era un viejo conocido para mí; recuerdo vívidamente cuando toqué por primera vez Metal Gear Solid 1 y me enamoré. Y es que cómo no hacerlo con ese inicio, el sigilo, las conversaciones y el sonido del Codec. Y claro, volver a jugar con Solid Snake era el mayor incentivo para explotar la potencia de la PlayStation 2.
Hoy, con casi treinta años, deprimido y desempleado, volví a la planta de descontaminación — guiño, guiño — Big Shell y solo puede decir: QUÉ JUEGAZO.
Eso sí, debo admitir que la experiencia fue muy distinta y la respuesta a eso es bien sencilla: yo ya no soy un niño de catorce años.
Desilusión v/s madurez
Hace algunos años, cuando pensaba en MGS2 sentía aborrecimiento por la trampa que una vez más Kojima me había tendido. Solid Snake comenzaba siendo el protagonista de esta historia, pero al cabo de un rato desaparecía y el juego nos obligaba a tomar el control de un nuevo personaje: Raiden ¡¿quién es este compadre?!
Me conflictuaba mucho no manejar a Solid. No porque sea mi Snake favorito, sino por que era el personaje que ya conocía, con el que había completado el incidente de Shadow Moses y con quien soporté la tortura de Liquid Snake y Ocelot. Había cierto vínculo, aunque en MGS1 me dejara claro que no era recíproco.
Tenías razón, Meryl: “You’re a sad, lonely man”.
Eso pensaba desde los once años. Hoy, mi visión de este juego, considerando los tiempos actuales donde la desinformación y la Inteligencia Artifical abundan, es completamente distinta.
¿Por qué elegí Sons of Liberty para hablar del tiempo actual? — O mejor dicho, de la sociedad digital — Porque tengo mucho tiempo libre.
Además, hubo un momento en donde en mis redes sociales comenzaron a proliferar publicaciones en las que se hablaba del carácter predictivo del japonés. Y sí, veinticuatro años después, MGS2 ha dado en el clavo en más de una temática. Sin embargo, la llegada de la Inteligencia Artificial nunca fue lo que Kojima quiso transmitir.
En una entrevista con WIRED, el nipón confidenció:
“A menudo MGS2 se confunde como una historia sobre la inteligencia artificial, pero se trata acerca de la sociedad digital. Metal Gear Solid 1 se trataba del ADN. Lo que no se transmite por el ADN son los memes. Fue entonces cuando pensé sobre el cambio de lo análogo a lo digital. Hasta cierto punto se ha vuelto una realidad. Yo no lo predije, sino más bien imaginé un futuro que no deseaba, pero desafortunadamente nos dirigimos hacia allí”.
Una experiencia es un conjunto de vivencias, emociones, conocimientos o habilidades que una persona adquiere al interactuar con el entorno. Puede ser a través de un evento o momento específico, como al aprendizaje acumulado a lo largo del tiempo. ¿Pero qué conforma una experiencia? Para mí, se trata de una forma de interpretar la realidad y, al mismo tiempo, la decisión de volcarse de lleno a ello.
La realidad es una negociación constante entre lo que existe y los que nos convencen de que existe. Se construye en base a experiencias, a imaginarios, los cuales nos forman y construyen identidad. Por eso, el niño que jugó en 2009 y el adulto en 2025 no experimentaron el mismo juego. Y por eso, en pleno 2026, MGS2 se convirtió en uno de mis juegos favoritos.
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Porque no sé si es por lo vivido en el último tiempo, la incertidumbre profesional, los volúmenes de información, la propia IA, las redes sociales y su construcción de realidad ficticia. No lo sé. En serio. Pero lo que si tengo claro, es que cada vez que sienta vacilación en cualquier aspecto de mi vida, pensaré en que “la vida no se trata solamente de pasar los genes. Podemos dejar atrás mucho más que solo ADN. A través del discurso, música, literatura y películas. Lo que vemos, escuchamos, sentimos, ira, alegría y dolor… Estas son las cosas que pasaré”.
“Esto es por lo que vivo”
Hace algunos días me topé con un artículo del periodista Jorge García, titulado “Sosiego cultural: la revolución de jugar por jugar sin ser arrastrado por la deriva de la industria”. Allí, el comunicador se refiere a la nostalgia como un refugio peligroso, pero necesario —bajo ciertas dósis — e inherente a lo humano.
Claro, porque “construir el futuro y mantener vivo el pasado son una misma cosa”, pero qué pasa cuando esta construcción es infinita, cuando terminamos un monumento y ya estamos erigiendo uno nuevo, mejor, de edición limitada y solo válida para coleccionistas y revendedores.
Y eso fue lo que me molestó.
O sea, más que molestar, me hizo darme cuenta de esta vorágine de información, de lanzamientos, de exclusivos. Juegos antiguos en plataformas nuevas; sentimientos de nostalgia en nuestras consolas de última generación.
Me hace ruido pensar en los videojugadores como un cardumen a merced del algoritmo de la industria. Y esto es un fenómeno poderoso, porque dejamos de invertir nuestro tiempo en lo que queremos y comenzamos a picar el anzuelo de la novedad, del hype y del muy nombrado FOMO.
“La industria del videojuego y su maquinaria mercadotécnica nos tiene en buena medida maniatados, marcándonos los ritmos y casi suplicando por instrucciones”, expone García. Y sí, tiene mucha razón. El usuario, y lo parafraseo, se ha vuelto un espectador pasivo, espectante por información y anuncios que reciben en bandejas.
Y no quiero terminar haciendo una crítica a la industria del videojuego, porque no tendría sentido. Sería dispararme en las patas. Pero si creo pertinente hacer una crítica personal: es más normal de lo que parece dejar de sentir amor por algo.
De hecho, en el proceso de vivir podemos dejar de sentir amor por nosotros mismos. Y claro, no me refiero solamente al amor romántico que se comparte a través de un vínculo con otro, sino más bien a ese sentimiento que, en cualquier tiempo, espacio y circunstancia, te mantiene la sangre fluyendo por las venas.
“En lo digital, todo permanece, como las redes sociales hoy en día (…) El Internet lo conecta todo y las opiniones se intercambian directamente en todas partes. MGS2 exploró en qué se convertiría entonces la vida humana”.
Y eso, se lo dijeron a un niño hace más de 15 años. Frente a una televisión, con una PlayStation 2 desbloqueda mientras se hacía presente la primera lluvia del invierno. No lo entendí. En aquel tiempo no lo entendí. Y, siendo honestos, a día de hoy tampoco entiendo cómo a esa edad pude terminar MGS2.
Pero en su final, Snake, quien fue nuestro mentor durante todo el viaje con Raiden, personaje del que ya conocemos mucho más sobre su historia personal, le entrega un mensaje que, por áspero que suene, queda resonando durante la pantalla de créditos.
Porque sí, ese mensaje era para ti, para nosotros, para quienes amamos los videojuegos.
“Necesitamos pasar la antorcha, y dejar que nuestros hijos lean nuestros desastres y triste historia con su luz. Tenemos toda la magia de la era digital para poder realizarlo. La raza humana probablemente llegue a su fin alguna vez, y nuevas especies reinarán sobre este planeta. La tierra puede que no esté para siempre, pero tenemos la responsabilidad de dejar los rastros de vida que podamos. Construyendo un futuro y manteniendo el pasado vivo, una y otra vez”.
Dar un paso al costado, tomar una distancia prudente, darse el tiempo de disfrutar otras cosas. ¿Por qué? Porque cambia tu experiencia y percepción del mundo. Puede que no vuelvas a amar ese algo como antes, pero, cuando lo hagas, quizás, lo hagas de mejor manera.
¿Está lleno de medios masivos de comunicación? Sí. ¿La Inteligencia Artificial está llegando a todas las aristas humanas? Sí. ¿Las redes sociales están creando burbujas de realidades que deforman el común vivir? Sí. Existen grupos poderosos que poseen la capacidad de moldear a su antojo lo que consumimos a través de sus corporaciones y cifras millonarias en cuentas en qué país europeo lo permita? Sí. Y no hay nada que podamos hacer.
Miento, sí se puede. Podemos hacer algo bueno. Siempre puedes hacer algo bueno. Porque siempre estarán estos aparatos podridos que intentarán desestabilizar, controlar y velar por sus intereses, pero es decisión de cada uno — o un deber — intentar contrarestar ese mal. Para nosotros mismos, para los nuestros, para los que vienen.
“Elegiré mi propio nombre…y mi propia vida… Encontraré algo que valga la pena transmitir”.




