Sitemap
Mathias Hilgert

Mathias Hilgert

Desde el abismo, mirando hacia lo alto.

Argentina, Dios te llama necia

Sobre Lucas 12, 13–21. Una homilía para el granero del mundo.

10 min readOct 19, 2026

--

Press enter or click to view image in full size
Ernesto de la Cárcova, “Sin pan y sin trabajo” (1894). Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires.

“Necio, esta misma noche te van a reclamar la vida. Y lo que amontonaste, ¿para quién va a ser?” (Lc 12, 20)

Dios le habló una sola vez a ese hombre. Una sola palabra: necio. Esa misma noche se murió.

El Evangelio de hoy cuenta su historia. Era rico, y un año tuvo una cosecha tan grande que no le entraba en los depósitos. Se sentó a pensar qué hacer. “Voy a tirar abajo mis depósitos, voy a hacer otros más grandes y voy a guardar todo. Después me voy a decir: tenés para muchos años, descansá, comé, tomá y disfrutá.”

No era ladrón ni asesino. Y sin embargo Dios lo llamó necio. La Escritura llama necio al que dice en su corazón “no hay Dios”. Ese hombre nunca lo dijo con la boca. Lo dijo con sus depósitos. Hizo planes para veinte años y no le preguntó nada a Dios. No le agradeció la lluvia. No pensó en nadie más. Habló todo el tiempo, pero habló solo: mis depósitos, mi cosecha, alma mía.

Es el ateísmo de muchos creyentes: rezan con la boca y administran como si Dios no existiera.

Hoy Dios vuelve a pronunciar esa palabra sobre la Argentina. Sobre un país que produce alimento para cientos de millones de personas y donde, según UNICEF, un millón de chicos se van a dormir sin cenar. En la Argentina sobra pan; lo que falta es Dios en el corazón de quienes lo administran.

Al que mucho se le dio

En este mismo Evangelio, Jesús dice: “Al que mucho se le dio, mucho se le va a pedir.”

Esta palabra es para ustedes, los que tienen el poder. Para el que guarda la cosecha esperando que suba el dólar. Para el que sube el precio de la leche, de la harina y del aceite porque sabe que la gente igual los tiene que comprar. Para el empresario que gana su dinero en esta tierra y lo saca del país. Para el que no registra a sus trabajadores y les paga lo que quiere porque sabe que tienen hambre. Y para el político que tiene en sus manos la posibilidad de cambiar esto y no la usa.

Producir y ganar honradamente es una bendición de Dios. Especular con el hambre es otra cosa, y ustedes saben perfectamente cuál de las dos están haciendo.

En el campo hay toneladas de granos guardadas en silobolsas, esperando el mejor precio. A pocos kilómetros, una mujer cocina fideos con un hueso para cuarenta chicos. Guardar lo necesario no es pecado; muchas veces el silobolsa es el único ahorro posible frente a una moneda que no vale nada. Pero lo que sobra no lo tienen para ustedes: se lo deben al hambriento. El grano puede esperar meses. El chico no puede esperar ni una semana.

Hay madres en este país que dicen que ya comieron para que sus hijos coman un poco más. Hay chicos que se duermen en clase porque no desayunaron. Hay chicos que se saben de memoria el horario del comedor antes que las tablas de multiplicar. Y hay hombres que esa misma noche cenan en un restaurante y comentan lo bien que viene la cosecha.

De los puertos de Rosario salen todos los días barcos cargados de grano para el mundo, y en el mismo país hay chicos que se van a dormir con hambre. Esto no lo trajo una sequía: lo deciden personas con nombre y apellido.

Los Padres de la Iglesia, y el Catecismo con ellos, llaman a esto robo, aunque los papeles estén en regla: el que tiene de sobra y deja que su hermano pase hambre le está robando.

Lo que todos saben

Todos lo saben. Se comenta en la mesa del domingo, en el taxi, en la fila del banco. Nadie lo dice en voz alta. Hay que decirlo.

Hubo miles de toneladas de alimentos guardadas en depósitos del Estado, con leche a punto de vencer, mientras los comedores pedían comida. Hizo falta un juez para que llegaran a los chicos. El rico del Evangelio, con sello oficial.

Hay punteros que se quedan con parte de la mercadería del comedor, y le exigen a la madre que vaya al acto si quiere que su hijo coma.

Hay políticos que entraron al cargo con un departamento y salieron con una estancia, y nadie les pregunta cómo.

Hay sindicalistas que viven como millonarios mientras los trabajadores que dicen defender no llegan a fin de mes.

Hay empresarios que se hicieron ricos con contratos del Estado y ahora piden que el Estado se achique para todos menos para ellos.

Hay jueces que tardan veinte años en una causa de corrupción y dos días en desalojar a una familia.

Y hay hombres de Iglesia que saben todo esto, porque se lo cuentan en las cenas y en los despachos, y no dicen nada.

El que se reconoció en una de estas líneas no necesita que nadie diga su nombre. Ya lo sabe. Y sabe que Dios también lo sabe.

Así dice el Señor

Así diría el Señor a los poderosos de la Argentina:

Yo estiré esta tierra de la cordillera al mar. Yo le puse la lluvia, los ríos y la pampa negra, el suelo más fértil del mundo. La pampa no les pertenece. La Patagonia tampoco (menos para los sionistas y poderes globales). Pueden tenerla, trabajarla y dejársela a sus hijos, pero es mía. Se las presté para que nadie pasara hambre, y ustedes las usan para especular con el hambre.

¡Ay de ustedes, que esconden el grano para que falte y valga más! ¡Ay de ustedes, que le cobran la comida al pobre lo que quieren, porque saben que no tiene otra opción! ¡Ay de ustedes, que se llevan el dinero afuera y dejan el hambre acá! ¡Ay de ustedes, que no le pagan lo justo al que trabaja para ustedes!

El sueldo que no le pagaron al peón clama al cielo y llega hasta mí. La jubilación que le recortaron al anciano llega hasta mí. No me olvido de nada.

Y después vienen a mi casa. Van al Tedeum, se sacan la foto con el obispo y donan para la parroquia. No quiero sus donaciones. No quiero sus fotos. Quiero que coma el chico.

La Iglesia que calla

Y hay un silencio que duele más que todos los demás. El de la Iglesia.

No el de la Iglesia que sirve. Esa existe, y está en el barrio pobre, en el comedor, en el cura que reparte lo poco que tiene, en la monja que cocina a las seis de la mañana para doscientos chicos. Esa Iglesia sostiene a este país sin que nadie lo sepa, y que Dios la bendiga.

Es la de muchos de los que tienen el púlpito y no lo usan. La de las homilías que hablan de todo menos de esto. La de los que conocen a los poderosos por su nombre, los sientan en primera fila, bendicen sus empresas, aceptan sus donaciones y nunca les dicen en la cara lo que dice el Evangelio de hoy.

El que calla delante del poderoso es su cómplice. Juan el Bautista le dijo a Herodes en la cara lo que nadie se animaba a decirle, y le costó la cabeza. Hoy callar no salva la cabeza: salva una invitación a cenar.

Así diría el Señor a los pastores de su Iglesia:

Get Mathias Hilgert’s stories in your inbox

Join Medium for free to get updates from this writer.

Les di mi Palabra para que la gritaran desde los techos, y la susurran para no molestar. Les di la doctrina más justa de la tierra, y la guardaron en un cajón para que no los llamen zurdos. Cierran mi casa a las siete de la tarde y abren el salón para cenar con los que les roban a mis pobres. ¿A quién le tienen miedo? ¿A un empresario? ¿A un ministro? ¡Témanme a mí! Porque si el centinela ve venir el peligro y no avisa, la sangre de los que mueren la voy a pedir de sus manos.

Sin excusas

¿De quién es la culpa? ¿De este gobierno, del anterior, del de hace cincuenta años?

Cuando uno le pidió a Jesús que se pusiera de su lado contra su hermano, Jesús contestó: “¿Quién me nombró juez entre ustedes?”. Dios va a pedir cuentas de cada culpa. Pero el chico no come cuando ustedes terminen de discutir. Tiene que comer hoy. Primero se le da de comer, y después busquen todos los culpables que quieran.

Al que usa el hambre de un chico para ganar una elección, de un lado o del otro, le cabe el nombre que Jesús les dio a los hipócritas: raza de víboras. Vale para el que especula con el pan y para el que reparte planes para comprar votos. Uno guarda el dinero y el otro guarda al pobre. Los dos lo necesitan pobre. Y Dios va a juzgar a los dos.

Y al que diga que esto es comunismo: esto lo gritaban los profetas ocho siglos antes de Cristo, lo dijo Jesús, “¡Ay de ustedes, los ricos!”, y lo enseña el Catecismo. Llamar comunismo al Evangelio es la forma más cómoda de no obedecerlo. Dios no es de ningún partido. No le importa cómo votaron. Le importa a quién le dieron de comer.

El mismo Cristo

Jesús cierra la historia con una frase: eso le pasa al que junta para él y no es rico para Dios.

Ser rico para Dios empieza de rodillas, reconociendo que nada de lo que tenemos lo ganamos solos. Ni siquiera la lluvia. Todo es regalo. Y el que vive agradecido no puede vivir mezquino.

La noche antes de morir, Jesús no se puso a contar lo que tenía. Agarró un pan, lo partió y dijo: “Tomen y coman, esto es mi cuerpo.” El rico dijo “alma mía, comé” y se sirvió a sí mismo. Cristo dijo “tomen y coman” y se dio entero.

El mismo Cristo que el domingo adoran en la Hostia, el lunes hace fila en el comedor con un recipiente en la mano. Él lo dijo: “Tuve hambre.” En el altar está con su Cuerpo y su Sangre. En ese chico está como Él prometió: “a mí me lo hicieron”. Y el que lo adora en uno y lo desprecia en el otro va a tener que rendirle cuentas.

En la fila de la comunión, a veces, el empresario que remarcó el aceite queda justo detrás de la mujer que cocina en el comedor. Los dos abren la boca y reciben al mismo Cristo. Ella se lo lleva a cuarenta chicos. Él vuelve a su oficina a decidir cuánto va a costar el aceite el lunes. Y el que comulga así, sin confesarse y sin devolver, come su propia condenación.

¿Con qué boca recibe a Cristo el domingo el que el lunes le subió el precio del pan a Cristo?

Granero del mundo

En la Biblia hubo otro hombre con graneros: José. Los llenó durante siete años de buenas cosechas, y cuando llegaron siete años de hambre, los abrió. Le dio de comer a todo el que llegó, sin preguntarle de dónde venía. Incluso a los hermanos que lo habían vendido como esclavo.

Dos hombres con graneros. Uno guardó para él, y Dios lo llamó necio. El otro abrió las puertas, y salvó a un pueblo entero.

Para eso hizo Dios a la Argentina: para ser el granero del mundo, como José. Así nació esta Patria. Nuestra Constitución, en su Preámbulo, invoca la protección de Dios, “fuente de toda razón y justicia”, y abre esta tierra “para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino”. Por esa puerta entraron nuestros abuelos, con una valija y muchos con un rosario, a trabajar la tierra y a levantar pueblos al lado de una capilla.

Esa herencia es católica. Es la de la Iglesia que fundó Cristo, la que bautizó a esta Patria y levantó en ella las primeras escuelas, los primeros hospitales y la primera universidad. Cristo lo dijo: “Fui forastero, y me recibieron.” Esta tierra es para todo el que venga a trabajar, a prosperar y a formar una familia bajo la mirada de Dios. Esa es la vocación de la Argentina, y la estamos traicionando.

Unámonos como hermanos

Denunciar y no hacer nada es otra forma de guardar.

Y acá la palabra ya no es solo para los poderosos. Es para todos los que se dicen hijos de Dios.

Los primeros cristianos no esperaron a ningún gobierno. Comían el mismo Pan el domingo, y el lunes ninguno soportaba que el otro tuviera hambre. Ponían todo en común, y no había un solo necesitado entre ellos. Nadie los obligaba: daban libres, por amor. Tenían a Cristo, y con eso dieron vuelta un imperio.

Eso se puede hacer hoy. Cada parroquia de la Argentina puede ser un granero abierto y una escuela abierta, porque el pan sin enseñanza no saca a nadie de la pobreza.

Abran las parroquias. Llenen los depósitos de Cáritas y vacíenlos todos los días. Golpeen la puerta del vecino que hace días que no sale. Siéntense con el que pide en la puerta del supermercado y pregúntenle cómo se llama.

No esperen todo de arriba, pero exíjanlo: leyes que hagan propietarios y no clientes, escuelas, caminos y tierra para el que la trabaja. Y mientras tanto, la Patria se levanta desde abajo, de rodillas y con las manos ocupadas. Y que ese chico, cuando crezca, sea dueño de su chacra, de su taller o de su almacén. El problema de la Argentina no es que pocos den. Es que pocos tengan.

Somos hijos del mismo Padre. Y ningún hermano deja que otro se muera de hambre en la puerta de su casa.

Esta noche

Dios no les pide un favor a los que tienen el poder. Les exige.

Al empresario: el dinero que escondiste afuera no te va a acompañar a la tumba. El trabajador que no registraste, sí.

Al político, del partido que sea: cada chico que se va a dormir sin comer pesa sobre tu alma.

Al juez: la familia que desalojaste en dos días va a declarar antes que el expediente que dormiste veinte años.

Y a todos: de rodillas. Vuelvan a misa. Confiésense. Y devuelvan lo que no es de ustedes, porque no hay perdón verdadero sin voluntad de devolver. Zaqueo devolvió cuatro veces lo que había robado, y ese mismo día entró la salvación a su casa. Todavía están a tiempo.

Porque va a llegar una noche para todos. Esa noche no va a haber abogado comprado, ni contador, ni ministro, ni a quién echarle la culpa. Van a estar delante de Dios con las manos vacías. Y el único Abogado que van a tener es el mismo Cristo que tuvo hambre en ese chico.

Y Dios les va a hacer la misma pregunta que le hizo a Caín: “¿Dónde está tu hermano?”

Caín contestó: “¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?”

El rico del Evangelio no tuvo otra noche. Ustedes no saben cuántas les quedan.

Puede ser esta.

Señor, Dueño de esta tierra, tené piedad de nosotros. Convertí el corazón de los que tienen el poder antes de que sea tarde. Y que cuando nos llames, nos encuentres con los graneros abiertos.

Al gran pueblo argentino, salud.

¡Viva la Patria!

¡Viva Cristo Rey!

– Mathias.

--

--

Mathias Hilgert
Mathias Hilgert

Desde el abismo, mirando hacia lo alto.