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Olatz Zubia

Olatz Zubia

Escribo desvaríos varios.

Nunca fuimos color. Siempre fuimos naranja

5 min readOct 26, 2026

De la nostalgia de aquellos veranos al regreso de una pasión que nunca terminó de marcharse y que regresa gracias a un grupo tan único como común.

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Nunca fuimos color, siempre fuimos naranja. Hay imágenes veraniegas que se quedan en la rutina colectiva. Helado, pan con chocolate, dos ruedas y una camiseta naranja en las carreteras. La vestí yo, la vistieron muchos y, sin saberlo, luego mudamos la piel y aletargamos la relación.

Cierto es que la afición al ciclismo nunca se perdió, la Ikurriña jamás faltó, el espíritu siempre deambuló en cada rincón y persiguió a cada ciclista que pisó nuestro territorio, pero tampoco lo neguemos, una gran parte nos convertimos con el tiempo en esos fanáticos intermitentes de los que hablaba Leila Guerriero. Eso nos permitió vivir con cierta distancia el devenir de la Fundación, atentos, pero contemplativos y tal vez por esa condición discontinúa despertamos de ese estado semi durmiente en septiembre, como si fuera la canción de Green Day, cuando Mikel Landa ganó en Collado del Alguacil y desató un efecto dominó al confirmar su regreso a casa — esa a la que realmente nunca soltó su mano — también entre la afición.

Quizá porque sin pretenderlo nos ha (y han) vuelto a conectar con esa coordenada emocional de la prístina juventud, la de la bonanza de los triunfos de Laiseka, Etxebarria, Antón, Nieve y una bisoña imagen de si mismo y el idealismo que nos bañaba breve e inocentemente antes de que fuéramos arrojados a la adultez, presos de la rutina y el oficio.

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Ese mismo que ahora nos cambia el prisma con el que ver a un grupo en el que más allá de lo identitario nos reflejamos en esa estandarización del trabajo. La de algunos en las fábricas, en las oficinas o en otros tantos sitios; la de otros en una vida errante y ficha diaria a golpe de pedal sin tregua en la que los objetivos de rendimiento se traducen en números, en meros puntos. Puros semejantes, currelas con una atípica profesión, pero misma inestabilidad cuyo envoltorio, el del mass media, el del pan y circo transversal que es el ciclismo internacional — que goza de la misma o más competencia que muchas de las empresas — nos ha hecho ver en ellos a unos tipos comunes, a uno más de la clase trabajadora que en tiempos solitarios y de sociedad individualista nos han hecho creer en la fuerza del colectivo, esa de los sin nombre, pero poderosa sí tiene una meta. La tenían: tener la posibilidad de regresar a una vuelta de tres semanas que decían deber a un tal Mikel, pero verdaderamente y dejando atrás los complejos se la debían a si mismos.

Y lo lograron fieles a lo suyo, casi poético y casi en paralelo a la del líder espiritual. A lo Landa, con ese Landismo o Barbarie que aplicó el vitoriano para ganar en La Vuelta después de soportar estoicamente lo que había denominado el peor año de su carrera y levantar los brazos después de cinco años sin hacerlo y once sin conocer esa sensación en una gran cita; y que en la versión naranja se tradujo y produjo al persistir y seguir creyendo pese a una crisis de cuatro meses de tintes funestos que les llevó al abismo, a una fosa que pareció terminar de cavar el Tour de Qinghai y que, sin embargo, ahondó en ese sentimiento, en esa casta, en esa forma de ser y actuar reconocible incluso por aquellos fuera de nuestras fronteras para levantarse y farmeando aura convertir a Vendée, Argelia, Véneto y Chiriquí en esa especie de imperio romano al que sonreír al escuchar su nombre o volar con fascinación como peregrino de una especie de milagro que poco tuvo de divino y todo de terrenal orquestado por una especie de tahúr estratégico y respuesta unánime de sus ciclistas.

Un pequeño gran triunfo, un paso adelante para el proyecto, un ascenso profesional que celebramos todos como si fuera el nuestro, por lo casi inusitado que nos suceda en estos tiempos presentes, pero que no nos engañemos esconde a ojos de todos, pero sin ocultarlo a nadie la cuita directa que enfrentó a varias de esas estructuras del estrato bajo, cuya mayor victoria y lucha probablemente sea tener la capacidad de sobrevivir económicamente un año más dentro del pelotón, garantizando esa olvidada pero imprescindible primera escala. Una realidad pesada que hoy nos permitimos dejar en stand by para celebrarlos.

Para celebrar a esos mismos culpables de que trasladasen el verano a un otoño que cobró tonos cálidos, cambiando la pantalla del bar del chiringuito, la de casa, el transistor o la presencia in situ, por recursos digitales, buscando en redes enlaces de dudosa calidad y en ocasiones legalidad para seguir su camino con Landa de ‘vacaciones’ e Ikurriña en mano en Panamá como estandarte final de esa locura. Inconscientes por momentos de esa tela de nuevos adeptos que como costureros improvisados habían confeccionado y ensamblado, pero también como arrantzales de arrastre que han devuelto a los antiguos del lugar la devoción y pasión por un color, también la ambición e incluso la licencia para soñar con una marea naranja de Hazparne a Laruntz; de nuestro corazón a París.

Esta vez conscientes que nos asombra la superlatividad de Pogačar y compañía, pero que son los Berasategi, van der Tuuk, Martín, Juaristi, Mintegi, Muñoz o Isasa los que llevan nuestro legado, el del peón mayoritario dentro de un ajedrez salvaje y listo para ser sacrificado, pero con puntuales días de gloria; y el del maestro capaz de crear escuela: sobre dos ruedas y en las calzadas de casa, la nuestra.

Porque dicen que el próximo año la marea naranja será un fenómeno imparable, el trend dentro del ciclismo; y ese tal vez sea su y nuestro mayor reto: renovar nuestros votos en la riqueza, pero especialmente en la pobreza. El de un naranja eterno, colectivo y transgeneracional y no pasajero. La fotografía repetida en cada álbum veraniego.

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