¿Tambores de guerra?
Al otro lado de la ventana, el dron zumba con una fuerza excepcional. Hace semanas que no sonaba con tanta intensidad. ¿Acaso es ese el sonido de los tambores de guerra? ¿Es así como se ha transformado el clamor histórico de la percusión hasta transformarse en un ruido industrial penetrante? Su monotonía no genera temor como cuando las baquetas golpeaban la membrana alertando del retorno de las tropas enemigas, sólo una molestia perpetua. La vibración constante a lo largo de los días, semanas, meses lleva al ser humano a arriesgar la cordura, la poca que le queda al convivir con la violencia y ser su protagonista y receptor.
No sólo el dron indica que, de un momento a otro, el sol de este otoño remolón puede toparse con compañía allí en los cielos. Aquí abajo, en la tierra, el ambiente está enrarecido. La alegría permanente no nace de este verano que insiste en quedarse entre chaparrones puntuales. Esta jovialidad inagotable tiene sabor a final de campamento estival. Hacemos decenas de planes, nos vemos por encima de nuestras posibilidades, trasnochamos entre semana, celebramos cumpleaños hasta la fatiga, entregamos nuestras confesiones a completas desconocidas, porque no sabemos qué pasará mañana. Desconocemos, incluso, si mañana estaremos aquí. Vivimos sin esperar a ello, porque tal vez en el próximo amanecer el dron habrá descendido a la tierra y, con él, la violencia, las despedidas precoces, el invierno.
Cuando hablo de la última guerra, me refiero a la del año pasado, pero me equivoco. La anterior guerra — la que azota a todo el país, la que decide nuestros días, la que los medios quieren contar, no el conflicto constante que sólo arrasa con el sur del Líbano — fue apenas hace unos meses. Lo vivido, visto y sufrido en menos de 50 días es tan grande, pesa tanto que da la sensación de que ocurriera en otro momento, en una vida pasada, casi. Durante las jornadas previas al estallido de la violencia, pese a la guerra que vivía toda la región, yo me negaba a creer que esta llegaría hasta estas fronteras. “El pueblo libanés aún no se ha recuperado de la anterior”, “Hezbolá no tiene ningún motivo para unirse a la ofensiva” o cualquier otro argumento del estilo podrían ser reciclados hoy mismo. Por eso, no hablo cuando me preguntan, no me pronuncio al respecto ni cuando el zumbido del dron traspasa el cristal y se instala entre las teclas con las que hago palabras.
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Esa guerra culminó el fin de uno de los inviernos más largos de mis seis años aquí. La lluvia inundaba las calles que aún estaban mojadas cuando decenas de miles de personas fueron obligadas a abandonar sus hogares para salvar la vida y se vieron forzadas a dormir al raso. Recuerdo el sol despampanante de la primera jornada bélica, la ironía de una primavera abriéndose paso entre mantas y legañas en las plazas. Se nos privó de la alegría de haber dejado atrás una estación cruel con lluvias incesantes y peligrosas inundaciones. A ellas, las miles de desplazadas internas, aún se les priva de ver a su tierra florecer. Ahora, empezamos a despedirnos del calor de forma muy paulatina a la espera de ser recompensadas con ser testigo de otra transformación cíclica. Anhelo con ilusión infantil ver las hojas cambiar de color hasta desprenderse de las ramas. Quiero un manto de marrones, ocres y naranjas donde dejar reposar la mirada. Quiero seguir dejando las botas de guerra en el armario y correr con mis bailarinas sobre una alfombra crujiente y moldeable. Quiero que esta vida frenética sea simplemente nuestra vida y no una especie de cuenta atrás tan agónica como divertida. Quiero que el retumbo de los tambores inicie su fundido de salida. Que sólo el repiqueteo de la lluvia contra mi ventana me despierte, que sólo el crujido de las hojas amarillas acompañe mi paso. Quiero que la única melodía que suene este otoño sea el coro de carcajadas de mis amigas.
Ahora, al otro lado de la ventana, el dron calla.
—A.
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