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Elecciones de medio término en EE. UU.: La encrucijada del imperio y la respuesta popular en las urnas

7 min read1 hour ago

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Las elecciones del 3 de noviembre de 2026 produjeron una transformación sustancial del equilibrio político estadounidense. El Partido Demócrata recuperó ambas cámaras del Congreso: con el escrutinio todavía incompleto, acumula al menos 231 representantes frente a 141 republicanos en la Cámara Baja, y 54 escaños frente a 44 en el Senado, incluidos los independientes alineados con los demócratas. Además, conquistó varias gobernaciones republicanas. La magnitud territorial del cambio constituye uno de los elementos más relevantes: los demócratas arrebataron siete escaños senatoriales en Texas, Kansas, Iowa, Ohio, Carolina del Norte, Carolina del Sur y Maine, territorios que habían respaldado a Trump en 2024. El caso de Kansas resulta especialmente significativo: no elegía a un senador demócrata desde 1932. Los resultados son todavía provisionales, pero los demócratas ya superaron el umbral de mayoría en ambas cámaras: 51 de 100 en el Senado y 218 de 435 en Representantes. Los recuentos pendientes pueden cambiar la distribución final, pero no el control de las cámaras.

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La victoria alcanza también espacios tradicionalmente conservadores del poder territorial estadounidense. En Texas, James Talarico (profesor de primaria y pastor presbiteriano) conquistó el Senado, fenómeno no visto en más de 30 años. En Michigan, Abdul El-Sayed se convirtió en el primer musulmán elegido al Senado. En Minnesota Peggy Flanagan será la primera mujer indígena estadounidense elegida para el Senado. Adam Hamilton en Kansas es el primer demócrata elegido senador por ese estado desde 1932. Más allá de estas figuras, el resultado revela que el Partido Republicano perdió capacidad para conservar posiciones incluso en territorios donde su predominio parecía estructural. No significa que Estados Unidos haya experimentado automáticamente una transformación ideológica progresista; significa que las coaliciones electorales que sostuvieron el regreso de Trump al poder demostraron ser considerablemente más vulnerables a las condiciones materiales y simbólicas de bienestar de lo previsto.

La victoria demócrata se extendió con triunfos en gobernaciones que durante décadas estuvieron bajo control republicano. En Texas, Gina Hinojosa derrotó a Greg Abbott y se convirtió en la primera mujer latina en gobernar el estado, poniendo fin a más de tres décadas de predominio republicano, con una agenda en contra de ICE. En Georgia, Keisha Lance Bottoms logró la primera victoria demócrata desde 1998 y se convirtió en la primera mujer afroestadounidense elegida gobernadora en la historia del país. En Ohio y Iowa, Amy Acton y Rob Sand recuperaron para los demócratas gobernaciones que el partido no conquistaba desde 2006, mientras que Aaron Ford desplazó a los republicanos del Ejecutivo de Nevada con una agenda de vivienda, salud y energía asequibles.

El alcance de estas victorias trasciende el número de gobernaciones conquistadas (27/47 en disputa): representa una redistribución del poder político territorial en estados estratégicos por su peso económico, demográfico y electoral, y fortalece la capacidad demócrata para incidir en las políticas públicas, los presupuestos y las instituciones estatales, especialmente ICE, ya que las gobernaciones otorgan permisos de operación y establecimiento de centros de reclusión temporal. La pérdida republicana de espacios históricamente conservadores evidencia que el respaldo electoral a Trump no garantiza una hegemonía territorial permanente y que las condiciones materiales de vida, las demandas sociales y las dinámicas políticas locales pueden reconfigurar incluso las coaliciones electorales más consolidadas.

La consecuencia más inmediata será la instalación, el 3 de enero de 2027, de un Congreso controlado por la oposición que podrá dirigir comisiones, convocar comparecencias, exigir documentación gubernamental, investigar actuaciones administrativas y condicionar presupuestos. El Senado tendrá capacidad para bloquear nombramientos judiciales, diplomáticos y ejecutivos. La Cámara de Representantes podrá examinar programas y operaciones del Gobierno.

Sin embargo, ganar el Congreso no equivale a controlar el Ejecutivo. Trump conserva el poder de veto, la conducción de la diplomacia y amplias facultades administrativas y militares. Además, numerosas decisiones legislativas requerirán superar el umbral de 60 votos en el Senado. Hay que recordar que para iniciar un juicio político en la Cámara de Representantes se necesita mayoría simple (218 votos); pero para destituir a Trump se necesitarían 67 votos en el Senado (9 más de los disponibles). El sistema estadounidense entra así en una etapa de confrontación institucional donde la oposición puede controlar, investigar y bloquear, pero no necesariamente imponer su propio programa u obligar a un “impeachment”.

Históricamente, los períodos de gobierno dividido tienden a incrementar la atención del Congreso hacia la política exterior. Esta evidencia sugiere que la disputa no quedará confinada a impuestos, migración o presupuesto: la política internacional de Trump puede convertirse en uno de los principales escenarios de confrontación entre el Ejecutivo y el Legislativo. Más aún cuando Trump había construido su segundo mandato alrededor de una interpretación expansiva de las atribuciones presidenciales en lo que se ha denominado presidencia imperial. Manifiesta en el uso de aranceles como instrumento de presión internacional, las restricciones migratorias, las sanciones económicas y las decisiones militares muestran una política exterior caracterizada por un fuerte protagonismo del Ejecutivo.

Las nuevas mayorías podrán investigar la gestión de la guerra con Irán, las operaciones militares internacionales, el empleo de fondos públicos, los conflictos de interés y las relaciones económicas de integrantes de la administración. También podrían examinar la actuación del Gobierno en casos vinculados a Jeffrey Epstein y otros asuntos de interés público. El principal cambio será, por tanto, el fortalecimiento del escrutinio institucional, no la terminación automática del mandato presidencial.

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La guerra con Irán constituye un asunto especialmente sensible. Trump reconoció, después de las elecciones, que el conflicto había contribuido al resultado adverso para los republicanos, aunque defendió su decisión de iniciar las operaciones e incluso amenazar con un bombardeo nuclear. El nuevo Congreso podría exigir mayores explicaciones sobre sus objetivos militares, costos fiscales, operaciones y condiciones para una salida diplomática. Pero sería prematuro afirmar que la victoria demócrata producirá el final de la guerra.

En relación con China, tampoco debe anticiparse una ruptura completa de la política estadounidense. La competencia por semiconductores, inteligencia artificial, minerales críticos, cadenas industriales y predominio tecnológico posee un importante componente bipartidista. Podrían cambiar los instrumentos y las prioridades, sin que necesariamente desaparezca la rivalidad estratégica.

La capacidad internacional de una potencia depende no solamente de sus recursos militares y económicos, sino de cómo sus instituciones y coaliciones internas permiten movilizarlos. Estados Unidos conserva una enorme superioridad material, pero su capacidad para convertirla en estrategias internacionales sostenidas puede enfrentar restricciones políticas crecientes.

Desde una perspectiva geoeconómica, la cuestión central es que el poder estadounidense no depende exclusivamente de la intervención militar. También opera mediante acceso al sistema financiero, sanciones, inversión, comercio, inteligencia y cooperación tecnológica. La interdependencia utilizada como arma: los Estados que controlan nodos estratégicos de la economía internacional pueden convertirlos en instrumentos de presión.

El nuevo Congreso podría someter a mayor vigilancia los mecanismos mediante los cuales Washington ejerce esa influencia, particularmente en Venezuela, Cuba, Centroamérica y la región andina. Las comisiones legislativas estarán en condiciones de exigir información sobre operaciones militares, programas de asistencia, transferencias financieras y acuerdos económicos.

Sin embargo, existe una distinción fundamental: los demócratas no constituyen un bloque progresista homogéneo contrario al predominio estadounidense en América Latina. Parte importante de su dirigencia comparte los objetivos de seguridad y protección de intereses económicos nacionales, aunque difiere sobre unilateralismo, abusos de derechos humanos, multilateralismo o mecanismos de negociación. Por ello, el cambio institucional puede traducirse en mayores controles sobre los métodos utilizados por Trump, sin alterar necesariamente los objetivos estructurales de la política exterior estadounidense.

Ecuador constituye uno de los casos regionales donde el nuevo equilibrio estadounidense podría producir consecuencias más concretas. El Gobierno de Daniel Noboa ha profundizado la cooperación de seguridad con Washington mediante operaciones conjuntas, intercambio de inteligencia y acuerdos vinculados con migración, comercio y minerales estratégicos.

Un informe del Servicio de Investigación del Congreso estadounidense (29 de octubre de 2026) documenta que personal militar de Estados Unidos participa en actividades de cooperación en Ecuador y recoge información sobre presencia estadounidense en Manta y Taura. También destaca a Noboa como un aliado relevante contra el crimen organizado, otros han expresado preocupaciones sobre derechos humanos, independencia institucional y las condiciones de las operaciones militares conjuntas. Incluso se han planteado solicitudes para suspender determinadas operaciones hasta garantizar controles suficientes.

Esto significa que el cuestionamiento legislativo a ciertos aspectos de la cooperación con Ecuador no depende de una conjetura futura: ya existen antecedentes institucionales documentados. Con las nuevas mayorías, esas posiciones podrían obtener mayor espacio en las comisiones encargadas de supervisar política exterior, defensa y derechos humanos.

En términos prospectivos, la nueva mayoría podría cuestionar la vinculación entre EEUU y un gobierno salpicado por vínculos con el narcotráfico y abusos sistemáticos de los derechos humanos. Lo cual podría adquirir relevancia en la ratificación del TLC bilateral (a la espera de ambos legislativos), las investigaciones sobre protocolos operativos, responsabilidades del personal extranjero, intercambio de información, garantías judiciales, uso de fondos estadounidenses y compatibilidad de la cooperación militar con la legislación ecuatoriana.

Para América Latina, el cambio no implica automáticamente el abandono de la política de dominio hemisférico de Estados Unidos. Podría sí modificar sus instrumentos, aumentar sus controles e introducir desacuerdos públicos sobre sus consecuencias. La hegemonía estadounidense no desaparece porque Trump pierda el Congreso; lo que cambia es la capacidad del presidente para ejercerla sin enfrentar oposición institucional significativa. Mientras su propia sociedad y sus instituciones han producido una redistribución interna del poder que obliga a negociar las condiciones políticas de ese dominio.

El resultado del 3 de noviembre no marca necesariamente el final del trumpismo ni de las ambiciones hegemónicas estadounidenses. Marca el comienzo de una etapa en la que esas ambiciones deberán enfrentar límites políticos internos más visibles.

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